Aline amaba a Marc desde la adolescencia. Juntos habían atravesado tormentas: la pobreza, la inestabilidad, los sueños pospuestos. Pero ninguna prueba había sido tan terrible como la repentina enfermedad de Marc.
Todo comenzó con un cansancio inusual, algunos dolores extraños, y luego un diagnóstico brutal. El tratamiento sería largo, costoso, exigente.

Aline no dudó ni un segundo.
Encadenó trabajos, renunció a los pasatiempos, sacrificó sus noches de descanso. Cada céntimo que ganaba se lo daba a su suegra, convencida de que ella cuidaría de Marc, compraría sus medicamentos, seguiría las recomendaciones de los médicos.
Aline trabajaba sin descanso, sostenida únicamente por la esperanza.
Por teléfono, Marc parecía cansado, distante. Ella atribuía eso a la enfermedad.
Pero en el fondo, una incomodidad empezaba a instalarse, lentamente.
Una noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales y el agotamiento la aplastaba, Aline tomó una decisión: iría a ver a Marc sin avisar a nadie.
Compró algo de fruta fresca, sus favoritas, y emprendió el viaje, con el corazón cargado de preocupación.
Al acercarse a la casa, escuchó risas.
No eran risas débiles sofocadas por la enfermedad. No.
Eran risas francas, llenas de vida.
Llamó a la puerta.
La puerta se abrió bruscamente. Apareció la suegra, con aire sorprendido y luego visiblemente molesto.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó secamente.
Sin responder, Aline entró.
Y lo que vio la dejó paralizada.
Marc estaba allí, sentado alrededor de una gran mesa con amigos y familiares, riendo y celebrando. Había todo tipo de comidas ante ellos, botellas de vino abiertas, música llenando el ambiente.
No había rastro alguno de enfermedad.
Aline sintió que sus piernas fallaban.
Marc la vio, dudó, y luego intentó una sonrisa torpe.
— Aline… Deberías estar en el trabajo…
La bolsa de fruta se le cayó pesadamente de las manos.
— ¿Qué significa esto? —preguntó con voz temblorosa.
La suegra se encogió de hombros con indiferencia helada.
— Marc está bien. Desde hace tiempo. ¿Querías que se curara, no? Pues ya está.
— ¿Y el dinero? ¿Todo lo que les di?
Una sonrisa burlona apareció en los labios de la mujer mayor.
— Había que vivir, hija. Tú dabas, nosotros tomábamos. Nadie te obligó.
Marc permaneció en silencio, incapaz de sostenerle la mirada.
Entonces Aline sintió que su mundo se derrumbaba.
Meses de sacrificios, sufrimientos, privaciones… para nada.
Peor aún: para sostener una mentira.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta.
La lluvia le azotaba el rostro, helada, cortante.
Pero no le importaba.
Cada paso la alejaba un poco más de su antigua vida, de sus ilusiones rotas, de ese amor que solo había existido en un solo sentido.
Aún no sabía hacia dónde iba.
Pero sabía una cosa.
Nunca volvería.
Y jamás permitiría que alguien volviera a pisotear su corazón.







