Un hombre salvó a un lobo herido y a su cría, sin siquiera imaginar lo que ocurriría al día siguiente: todo el pueblo quedó horrorizado por aquella escena.
Aquel invierno era extremadamente frío: la nieve llegaba hasta la cintura y por las noches se oía aullar a los lobos. Los habitantes evitaban caminar hacia el bosque si no era absolutamente necesario. Era peligroso: uno podía quedarse atrapado en la nieve, congelarse, perder el camino… o, peor aún, encontrarse por accidente en la senda de los lobos.

Pero a veces no había elección. Cuando las tuberías se congelaban y el agua dejaba de llegar a las casas, alguno de los hombres tenía que adentrarse en el bosque para limpiar la vieja tubería subterránea.
Y ese día también ocurrió así. El hombre, acostumbrado al duro trabajo invernal, se echó al hombro una mochila llena de herramientas y se dirigió hacia el bosque. El frío quemaba su rostro, la nieve crujía bajo sus botas, pero él avanzaba con confianza.
A mitad de camino, en un campo cubierto de nieve, vio una mancha oscura. Al principio pensó que era una oveja perdida o un saco abandonado. Pero cuanto más se acercaba, más claro veía que era un lobo.
Estuvo a punto de retroceder y huir, pero entonces notó que el lobo no se movía. Solo a su lado, gimiendo suavemente, corría un lobezno que se frotaba contra el cuerpo de su madre e intentaba lamerla.
El hombre escuchó con atención. La loba respiraba con dificultad, de forma entrecortada. Parecía haber caído en una trampa.

Claro que tenía miedo. Cualquiera sabe que un depredador herido es impredecible. Pero su conciencia no lo dejaba marcharse. ¿Pasar de largo? ¿Dejarlos morir? Incluso si eran lobos… no era justo.
Dejó la mochila en el suelo, se arrodilló lentamente, evitando cualquier movimiento brusco. Examinó la herida: la loba seguía viva.
Sacó su cuchillo, cortó el alambre en el que ella se había enganchado, desinfectó la herida con alcohol y la cubrió con su vieja chaqueta para conservarle el calor.
Cuando la loba abrió los ojos, el hombre se levantó con cuidado y, sin esperar agradecimientos, se apresuró hacia el bosque. Al fin y al cabo, un animal salvaje sigue siendo salvaje. Había hecho una buena acción, y eso bastaba.
Pensó que la historia terminaba allí… pero al día siguiente todo el pueblo quedó aterrado con lo que vio por la mañana.
La gente salió corriendo a la calle: algunos lloraban, otros se persignaban nerviosos. El hombre salió también… y vio huellas de lobos por toda la calle; las jaulas estaban destrozadas; de las veinte gallinas quedaban solo cinco. En la nieve había sangre, plumas y suciedad. Había huellas de toda una manada alrededor de las casas.

Resultó que los lobos habían venido al pueblo durante la noche. Y no por casualidad. Venían siguiendo un olor. El olor humano.
El mismo olor que había quedado en la loba herida, a quien el hombre había salvado el día anterior. La manada la encontró, olió aquel aroma humano… y siguió el rastro hasta el pueblo.
Estuvieron merodeando toda la noche, aullando bajo las ventanas, intentando irrumpir en los establos, aterrorizando a la gente. A un hombre casi se lo llevaron del brazo cuando salió a revisar a sus perros.
Al final, los habitantes tuvieron que armarse con escopetas y antorchas para expulsar a los lobos de vuelta al bosque. Algunos animales tuvieron que ser abatidos; de lo contrario, no se habrían calmado.
Así es: haces el bien… y a cambio recibes esto.







