En el funeral de mi abuela Katarzyna, me sentí perdida, como si buscara mi camino en la oscuridad. Ella no era solo un miembro de mi familia, era mi mejor amiga, mi mundo entero. Sus abrazos siempre me daban una sensación de seguridad y amor. Pero hoy, al estar de pie junto a su ataúd, sentía que respiraba con solo la mitad del aire.

La semana pasada, al quedarme cerca de ella, los recuerdos me abrumaban. Hace apenas un mes, estábamos en su cocina, bebiendo té y riendo, mientras me contaba su receta secreta de galletas. «Emerald, querida, ahora te mira desde el cielo», me dijo nuestra vecina, la señora Anderson, posando una mano sobre mi hombro.

Entonces vi a mi madre acercarse al ataúd. Se inclinó discretamente y dejó algo dentro. Era un pequeño objeto envuelto en un paño. Cuando se enderezó, se dirigió lentamente al baño, sin decir una palabra.
Había algo que no cuadraba. Mi abuela y mi madre no se habían hablado en años, y sabía que ella nunca habría permitido que alguien pusiera algo en su ataúd sin mi consentimiento.

Después de que los últimos invitados se fueron, me acerqué al ataúd. Bajo los pliegues de su vestido favorito, descubrí el objeto que mi madre había dejado allí. Era un paquete de cartas, cartas que nunca habían sido enviadas a mi abuela. Contaban sentimientos y experiencias ocultas de mi madre.

Sentí un peso en el corazón, pero sabía que mi abuela no habría querido que violara esos secretos. Así que volví a envolver las cartas en la misma tela azul y, a la mañana siguiente, las devolví al lugar al que pertenecían. «Lo siento, abuela, algunos secretos deben quedarse donde están».







